Tracy Chapman, Bob Marley y una canción lenta, muy conocida pero que nunca supe el nombre, fueron los tres temas que mi primo (mayor seis años) me grabó a los 10 años. Grabó las tres canciones en uno de esos casetitos con muy poca cinta que se usaban para cargar la Comodore (esto parece de la prehistoria); me los dio y yo me sentí muy grande. Era la primera vez que tenía mi propia "música de grande". Me los ponía a escuchar en un grabador setentero de mis papás lo más fuerte que podía y sentía que ya era un adolescente cool; aunque pasaron varios años hasta realmente serlo.
La canción de Bob Marley era No woman no cry, obviamente la escuché millones de veces más pero me quedó la sensación de conocerla de siempre. Tracy Chapman finalmente fue descubierta como tal hace unos años: en una noche romántica, P. la puso para musicalizar la velada, fue flayero volverla a escuchar en el contexto que había fantaseado hacia 15 años.
Creo que cuando mi primo me regaló los casetes fue una de las primeras veces que me sentí grande. Y fue una muy linda sensación. Mi primo muy lindo, muy canchero para mí, me trataba con respeto y me elegía como la especial de la familia: me contaba sus historias amorosas, me pedía que lo acompañe a fumar o me convidaba de la cerveza que siempre tiene en la mano. Los años pasaron pero lo que se construyó por ese empujoncito, casi simbólico, a crecer se tradujo en otros empujones y ayudas ya más del orden de la adultez. Pero siempre flayeados por habernos elegido primos y no haber devenido así, como pasa la mayoría de las veces en las familias. Nosotros nos elegimos hasta el amor y ahora charlamos profundo cuando no sabemos bien para que lado ir. Yo lo sumo orgullosa a mi lista de incondicionales, alegre de la indiferencia que me provoca los caminos tan distintos elegidos y un poco siempre agradecida por el impulso del empujón.
Creo que cuando mi primo me regaló los casetes fue una de las primeras veces que me sentí grande. Y fue una muy linda sensación. Mi primo muy lindo, muy canchero para mí, me trataba con respeto y me elegía como la especial de la familia: me contaba sus historias amorosas, me pedía que lo acompañe a fumar o me convidaba de la cerveza que siempre tiene en la mano. Los años pasaron pero lo que se construyó por ese empujoncito, casi simbólico, a crecer se tradujo en otros empujones y ayudas ya más del orden de la adultez. Pero siempre flayeados por habernos elegido primos y no haber devenido así, como pasa la mayoría de las veces en las familias. Nosotros nos elegimos hasta el amor y ahora charlamos profundo cuando no sabemos bien para que lado ir. Yo lo sumo orgullosa a mi lista de incondicionales, alegre de la indiferencia que me provoca los caminos tan distintos elegidos y un poco siempre agradecida por el impulso del empujón.
